...álex...
- ¿Qué escribes? – preguntó él. Giré la cabeza y me topé con unos grandes y vivarachos ojos clavados en los míos.
- Nada, ¿por? – respondí tímidamente.
- Porque estás garabateando en ese cuaderno –dijo mientras señalaba mi vieja libreta.
- Ah, bueno. No son más que tonterías – me reí nerviosa e incliné las hojas hacia mi pecho para que no pudiera leer nada.
- Y si son tonterías, ¿por qué las escribes? – insistió con una obstinación propia de su edad. Recuerdo que yo también era así.
- Porque quizá, dentro de 10 años, cuando las relea, encuentre una buena historia que me haga darme cuenta de que todo aquello mereció la pena – le contesté sin darme cuenta de que hablaba con un niño de unos 9 o 10 años.
- Ya... – musitó y se enfrascó de nuevo en su libro.
Volvió a su lectura, pero yo no podía dejar de mirarle.
- ¿Qué lees tú? – le pregunté empujándole un poquito con el hombro y mirando hacia el frente.
- Los Cinco en las Rocas del Diablo – respondió tímidamente y sin mirarme -. ¿Lo conoces? –me enseñó una portada que me teletransportó 12 años atrás, con lo que no puede evitar soltar una carcajada.
- ¡Claro!
- ¿Lo has leído? – preguntó sorprendido y orgulloso a la vez -. ¡Pero si es para niños! Y tú... – no terminó la frase.
- Jajajaja. Claro que sí. ¡Me los he leído todos! – le miré con ternura y deseé que no acabara nunca esa conversación.
Siguió leyendo mientras impulsaba las piernas de adelante hacia atrás. Yo seguí escribiendo.
"Próxima estación: Lucero", dijo una voz para anunciar la siguiente estación de metro.
- ¿Estás escribiendo sobre mí? – preguntó con media sonrisa. En sus ojos pude ver que esperaba que así fuera.
- No, ¿por qué? – mentí inocentemente.
- Apuesto a que sí –me desafió con una mellada sonrisa -. No dejas de mirarme y sonreír – escondió el rubor de sus mejillas bajando la cabeza hasta que apoyó la barbilla en su pecho. Mientras, seguía balanceando sus piernas hacia delante y hacia atrás.
No contesté. Sólo le guiñé un ojo, sonreí y me centré en mi cuaderno.
"Próxima estación: Moncloa", repitió la misma voz.
- Álex, venga que es la nuestra – gritó una mujer de unos 35 años.
- Ésta es mi parada – se apresuró a decirme. Se levantó, me miró, sonrió y bajó la mirada hasta mi cuaderno -. Espero que encuentres una bonita historia para contar y que esto haya merecido la pena – dijo seriamente.
- Y yo espero que algún día la leas – le dije mientras le acariciaba la cara.
- Por cierto, me llamo Alejandro, pero puedes llamarme Álex –puntualizó y extendió el brazo para darme la mano.
- Encantada –sonreí mientras le estrechaba su pringosa manita.
- ¡Álex! – volvió a gritar la mujer, aunque esta vez más fuerte.
- Adiós.
- Adiós – contesté agitando la mano. Volví a concentrarme en mi papel.
...beat it...
Alguien me dijo una vez que escribir lo que se me pasaba por la mente me serviría para aprender sobre mí misma y enfrentarme a mis miedos. No recuerdo su nombre pero sí porqué lo hizo. ¿Tenía razón?
Durante muchos años seguí sus consejos y tecleé sin parar frases sin sentido, ideas vagas, tonterías al fin y al cabo que luego releeía y tiraba a la basura. Ahora no me siento capaz. Me da miedo perderme en la noche, en mi noche espiral, porque cada vez hay un monstruo nuevo al que tengo que enfrentarme.
Mi cabeza y corazón han tomado caminos muy diferentes y cada uno tira de mí cada vez con más fuerza. ¿Conoces esa sensación?
Eh! que soy yo, sí, Marta, la... ¿la qué? Y no sé qué más decir. Sonrío, me doy la vuelta y salgo corriendo. ¿Miedo? Eso me lo diría cualquier psicoanalista, pero yo quiero más.
¡Mierda! Ya lo hice otra vez...
...bum-bum...
Bum-Bum, Bum-Bum
03.23 y un golpe seco me despierta.
Bum-Bum, Bum-Bum
Me obliga a encogerme.
Cierro los ojos con fuerza y una lágrima resbala por mi mejilla.
Los abro y otro golpe me los cierra, pam! oigo la pesada caída de mis pestañas.
Bum-Bum, Bum-Bum
Pido ayuda, pero sólo oigo mi respiración, agitada.
Un grito ahogado por otro golpe es lo único que logro emitir.
Me estrujo el pecho. Me duele.
Bum-Bum, Bum-Bum
Es un ruido ensordecedor.
Trato de taparme los oídos pero no puedo dejar de agarrarme el pecho.
Se escapa, si lo suelto, se escapa.
Bum-Bum, Bum-Bum
Me relajo.
Lo acaricio para que se tranquilice.
"Así, ya está, no pasa nada", susurro.
Parece que se ha dormido pero no, estalla de nuevo.
BUM-BUM, BUM-BUM
Esta vez ha dolido. Un quejido sordo inunda la habitación.
Me miro el pecho y lo tengo rojo.
Cada vez bombea más rápido, con más fuerza.
"¿Me quieres decir algo?", suplico.
Tengo el dolor agarrado y no me suelta.
"Déjame, por favor", gimoteo.
BUM-BUM, BUM-BUM
No respiro, me ahogo. Necesito aire.
"¡Déjame, déjame!"
Me incorporo y saco la cabeza por la ventana.
Aire fresco golpea mi cara. Escalofrío.
Me quito la camiseta para ayudarle a salir, pero ya no quiere.
El aire acaricia mi pecho y lo relaja.
El vello de punta. Tengo frío y me froto los brazos.
Vuelvo a la cama.
Tic-Tac, Tic-Tac
Ya son las 03.24
...dos palabras...
Me duele la cabeza. Estoy inquieta y mis dedos tamborilean en la mesa con nerviosismo. Ya son las siete y media; sólo me queda media hora para empezar a vivir realmente el día que yo quiero. Pero entonces, tecleo con rapidez dos palabras y le doy a enter. ¡Mierda!
Hay días que simplemente queremos llorar, y como no encontramos un motivo, lo creamos buscando entre los viejos libros, revolviendo en cajones destartalados, abriendo carpetas olvidadas, o en mi caso, buceando en un mar de lluvia y aguas pixeladas.
Es de esas veces que necesitas herirte. Arañarte una vieja herida hasta hacerla sangrar... Leer, ver, recordar... levantarte de nuevo para volver a leer, ver, recordar... Así una y otra vez, una y otra vez... Hasta que te sabes los párrafos de memoria y al cerrar los ojos continuas viendo esa estúpida foto.
Ha dolido, ¿sabes? Pero no estoy por la labor. Lo intento, hago el esfuerzo, aprieto los ojos con fuerza pero es como si me hubiera quedado seca. Y el dolor es más insoportable aún si no está acompañado de lágrimas.
Es como cuando era pequeña e intentaba tocar la llamita de la vela. Y mi padre me daba en la mano mientras decía “no toques que te quemas”. Así una y otra vez hasta que por fin me quemé y ya no volví a tocar más porque quemaba. Algo así me ha pasado hoy, he entrado, he leído, he visto, he recordado... hasta que me hecho daño y he retirado la mano.
Por fin dieron las ocho. He encendido un cigarrillo. Quería fumar, pero a las dos caladas lo tiré con rabia porque lo que realmente quería era sujetar algo entre los dedos.
Leer, ver, recordar...
...2enero2005...
Esa noche sólo le faltaba ella para cruzar la delgada línea que delimita sus fantasías. Únicamente necesitaba su tierno abrazo para sentirse arropado en la frialdad del invierno... Por ello le pidió que se colara cada noche por su ventana y le acunara hasta que el sueño le venciera.
Ella le indicó donde podían reunirse: bastaba con cerrar los ojos y girar en la tercera estrella a la izquierda rumbo a la luna, a la luna de su pared, donde ella le esperaría columpiándose. Le prometió que si compartían el mismo sueño, podrían encontrarse allí siempre que quisieran, para recrearse en la soledad de la noche con la única compañía de la calidez de sus ojos.
Le contó que cada noche, al despedirse de él, se enfundaba sus alas y entraba por su ventana para velar sus sueños. Allí, en la luna de su pared, pasa las madrugadas desde que le conoce, pero sólo ahora él sabe donde puede encontrarla. Cada noche trepa a su columpio de cuerda y mientras habla con la luna, disfruta del calor de las tinieblas en la más hermosa de las compañías, la de él. Sólo un suave destello del cielo azul oscuro de aquella noche, como si de una leve caricia en los labios se tratara, le valió para descubrir que los susurros que le mecen antes de dormir son las palabras de ella.
Preocupado le pregunta porqué llora la luna, y ella le contesta que las estrellas la "chinchan" y se ríen de ella. Por eso a veces no sale; se queda sollozando y las nubes son su paño de lágrimas. Ella la anima a seguir brillando cada noche, porque cree que merece la pena hacerlo sólo por iluminar los paseos de las parejas. Además, le contó que la luna sonríe cuando les ve caminar por Madrid porque le hacen más caso a ella que a las estrellas. En el fondo, la luna es tan mimosa como él. Le gusta que sus dos amigos se den la mano bajo su luz de luna y que de cuando en cuando alcen los ojos para admirar lo bonita que está la noche cuando ella la acompaña.
Los últimos días se lució como nunca lo había hecho: paseó su figura por la ciudad con orgullo, y como si fuera la reina del mundo, derrochó sonrisas de luz y miradas de fantasía, y sólo porque ha encontrado en la tierna mirada de dos paseantes el dulce abrazo que le regalan cada noche antes de dormir. Esos días, los planetas no les dejaron mirarse a la luz de su luna, pero ella era feliz sabiendo que con sólo cerrar los ojos, eran capaces de escapar a su banco donde les aguardaban besos y abrazos infinitos bajo su atenta mirada. Y es que su luna es muy curiosa. Le encanta balancearse en las ramas de los árboles para escuchar el silencio de sus conversaciones.
Él le cuenta como algunas noches se baña en el mar de lluvia. Ella le escucha divertida mientras le explica que de ese mar salen las lágrimas de su luna. Allí se tumba a ver las estrellas, en su mar salado.
Le confiesa que una estrellita es su preferida porque ninguna le hace caso. Es la estrella rara y por eso él la quiere más que a ninguna otra. Ella, indignada, le dice que las estrellas son malas porque se meten con su luna y con su estrellita, pero al mismo tiempo se da cuenta de que es imposible enfadarse con ellas porque son tan bonitas... que da miedo dejar de mirarlas. Él propone que lo mejor es avisar a las nubes para que se paseen por delante, que las despeine y las ponga feas, porque son muy coquetas y presumidas. No cabe duda, esas figuritas que se contonean delante de la luna son las princesas del cielo, pero él tiene a la más bonita...
Esa noche, ella sabía que saltaría de su columpio de cuerda para acurrucarse junto a él en su mar de lluvia, como también sabía que sólo con él podía serle infiel a la luna.
...entre el aquí y el ahora...
Juan Salvador es una gaviota cuya frustración es no poder tocar el sol con la punta de sus alas porque debe permanecer con la bandada. Tal fue su empeño en volar sin limitaciones que acabó por ser exiliado y aprendió que el camino más difícil es el que te lleva a conocerte a ti mismo sin hacer caso a las críticas.
Juan Salvador descubrió que con esfuerzo y perseverancia podría convertirse en el mejor planeador de todos los tiempos, pues el espacio y el tiempo no son más que limitaciones impuestas por nosotros mismos. Lo que más me gusta de esta gaviota no es que llegara a tocar el sol con sus alas, sino que se diera cuenta de que nada ni nadie puede limitarla si ella no lo permite. Nuestras metas están cada vez más cerca si de verdad creemos en lo que hacemos.
"Si nuestra amistad depende de cosas como el espacio y el tiempo, entonces, cuando por fin superemos el espacio y el tiempo habremos destruido nuestra propia hermandad. Pero supera el espacio, y nos quedará solo un Aquí, supera el tiempo, y nos quedará sólo un Ahora. Y entre el AQUÍ y el AHORA, ¿no crees que podremos volver a vernos?"
(Richard Bach, Juan Salvador Gaviota)
...yo sólo quiero...
¿Qué pasa cuando sale el sol y sólo te levantas para bajar la persiana porque quieres que la oscuridad dure algunas horas más?
Me cuesta dormir, concentrarme y prefiero gastar mi tiempo sumergiéndome en vidas ajenas en lugar de vivir la mía propia. Es una patética vía de escape, lo sé, pero cuando no tienes ganas de levantarte por las mañanas, ayuda bastante pensar en la peli que puedes ver cuando logres desperezarte y abrir los ojos al nuevo día. Es de esas veces que sabes que lo estás haciendo todo mal pero no tienes ni idea de cómo empezar a hacerlo bien, que has caído en un hoyo tan profundo del que sólo sales si alguien te tiende la mano.
El otro día decidí hacer limpieza en mi bandeja de entrada. Encontré mails de todo tipo: unos me hicieron sonreír, otros reír a carcajadas, otros me dejaron indiferente y otros me hicieron soltar alguna lagrimita. Recordé que alguna vez fui conocida con el nombre de princesa y que solía decir te quiero. Recordé que siempre había alguien al otro lado que me ayudaba a superar mis meteduras de pata, que me cuidaba aunque estuviera muy muy lejos. Recordé que mi mayor virtud es hacer importantes las pequeñas cosas y que mi peor defecto es la impuntualidad. Recordé que una vez fui valiente y me atreví a escribir lo que esperaba de mí. Recordé que cuando él nos miraba veía esto:
"Hay cosas que sirven para algo y personas por las que me gusta luchar. Ya están juntitos y se van a querer y hacer compañía frente a este mundo a ratos bobo y a ratos cruel. Me encanta veros dándoos un beso, me enloquece de ilusión saber que os habéis atrevido a empezar con algo precioso, arriesgado y exquisito. El del rayo de luna en los ojos, la del cono de tristeza en los labios, ya se dan la mano y se acarician a plena luz del día. Me gusta ver todas las complicidades que habéis tejido y que no soy capaz de comprender, me alucina la burbuja azul que os rodea cuando estáis juntos en la cafetería, y celebro el destello de esperanza que supone encontrar a alguien que nos intuye sin recorrernos, que nos recorre sin dejar de intuirnos y que sin dejar de recorrernos y de intuirnos aprende a querernos cada día un poquito más."
... y así acaba otra semana...
...llueve en Madrid...
Cierro los ojos para recordar tu última mirada y en Madrid está lloviendo. Mientras al otro lado de la ventana las gotas de lluvia mojan el asfalto, intento imaginar tus gestos, tu última palabra y en Madrid continúa lloviendo.
La oscuridad tiñe la ciudad, pero al final de la calle veo una luz. Puede que sea la llamita de tu vela o quizá la bombilla de alguna farola. No lo sé. Tapo mis ojos y mi cuarto también queda a oscuras.
Si no fuera porque el viento corta mi cara mojada, como el azote de un látigo sobre una piel desnuda, no sabría que estoy llorando. Quizá llore por todos aquellos que perdieron la esperanza, por los infelices que ven su vida pasar, o quizá por los que son demasiado cobardes para hacerlo. Pero mi llanto cesa. ¿Por qué? Ahora necesito que alguien lo haga por mí.
En Madrid sigue lloviendo. El cielo cada vez está más oscuro y la luz que veo a lo lejos es cada vez más tenue. ¿Por qué? ¿No te das cuenta de que la llama se apaga?, ¿o quizá se funde la bombilla?
Desesperada salto por la ventana. La lluvia sigue mojando el asfalto, pero primero me atraviesa: empapa mi cara y parece que vuelvo a llorar, ¿o quizá lo hago de verdad? Resbala por mis mejillas, rodea mis hombros y me da un húmedo abrazo. No me suelta. Atraviesa mi piel e intenta congelar mis huesos, pero echo a correr. Grito. Corro. Vuelvo a gritar. Ahora sí, lloro. Lloro por un ayer que se fue y jamás volverá, por el mañana que ya no sé si existirá. Pero sobre todo lloro por el ahora. Un presente que se me escapa de las manos porque él jamás volvió. Y en mi Madrid llueve.
Sigo corriendo y noto el fuerte pálpito de mis entrañas. Corro tan rápido que respiro el mismo aire que expulso. Mis lágrimas surcan el viento que me corta, mientras mis pasos retumban sobre el suelo mojado. ¿Cuál es el destino de las lágrimas que vuelan de mi rostro? ¿Se perderán como las gotas de lluvia entre la línea que separa tus ojos de los míos? ¿O quizá se mezclen con los charcos que con fuerza piso?
Corro. No puedo respirar, pero aún me queda un soplo para gritar. Grito. Grito hasta que ya no puedo más, hasta que noto como mis ojos se cierran y parece que van a estallar. Grito hasta que las lágrimas vuelven a recorrerme y se pierden por mi cuello. Grito hasta que el pecho me duele, ¿o quizá lleva doliéndome toda la noche? No lo sé, pero me duele. Sigo corriendo mientras mis lágrimas vuelan, y entre sofocos susurro tu nombre. Es como un pinchazo en el corazón que me hace abrir los ojos. Vuelvo a nombrarte y es como si mis piernas y brazos se hicieran más fuertes. Ahora lo grito y mis lágrimas desaparecen. Y lo grito más fuerte y parece que sale el sol.
Ya no corro. Ahora camino, despacio. En Madrid ya no llueve, pero huele a mojado. Los árboles preguntan: "¿dónde vas?", y yo sólo sigo el rumbo de las hojas.
...bLa, bLa...
...la noche busca desesperada un cómplice en el silencio, y mientras un reloj sin agujas va marcando las horas, le anima a serle infiel a la luna en un tablero donde sólo hay lugar para dos...
...no te despidas de mí. No me digas nada porque tus palabras sonarán como un eco lejano, serán como un lamento infinito y se perderán como los pasos por un frío pasillo. Sólo quiero que me mires y que el silencio sea el que guarde todas esas palabras que no pronuncias y que yo escucho...
...yo...
Yo digo… constantemente lo que pienso sin pensar en las consecuencias.
Yo pierdo… la paciencia con determinadas personas.
Yo necesito… conocerme un poco mejor.
Yo debo… tomarme la vida con calma.
Yo temo… a la soledad.
Yo creo… que alguien piensa en mí un minuto cada día.
Yo sé… que soy difícil de tratar.
Yo lloro… de impotencia.
Yo canto… cuando escucho música.
Yo río… con Carmen, con Adri, con Dani...
Yo tengo… unos nervios que me consumen.
Yo miento… cuando tengo algo que ocultar.
Yo vivo… en un mundo diferente al tuyo.
Yo bebo… para paliar mi sed.
Yo pienso… demasiado...
Yo escucho… permanentemente.
Yo disfruto… leyendo bajo las sábanas.
Yo aprendo… a no meter la pata.
Yo olvido… que alguna vez me hicieron daño.
Yo hablo… por los codos, no sé callarme.
Yo compro… libros compulsivamente.
Yo veo… puntitos de colores cuando cierro los ojos.
Yo quiero… vencer mis inseguridades.
Yo siento… que a veces no hago las cosas bien.
Yo soy… quien quieras que sea en cada momento.
...¿dónde estabas?...

Hace 20 años... mi vida empezó a cambiar de repente. Con 4 añitos estrené cole y hermanito a la vez, dos factores determinantes en el futuro desarrollo de cualquier niña. Recuerdo que me gustaba leer cuentos en la cama, especialmente el de la Ratita Mandy con sus ilustraciones y su letra gigante. Con mi uniforme cuidadosamente colgado en una percha y mis zapatos relucientes, esperaba impaciente que mi padre llegara de trabajar para darme su cotidiano beso de buenas noches. Me cerraba el libro y apagaba la luz.
Hace 10 años... estaba en plena adolescencia y experimenté mil y un cambios. Mientras que el resto de niños dejaron de jugar al escondite para jugar a "beso, verdad o atrevimiento" o "el conejo de la suerte", yo sustituí mis libros de los Cinco, heredados de mi madre, por las novelitas rosa que leía a escondidas y con cierto pudor. Pasé esta etapa enfadada con el mundo porque lo que yo vivía no tenía nada que ver con las historias que encontraba en mis libros. Así que decidí inventarme mi propia historia encerrada en mi habitación, bajo una lamparita y frente a un cuaderno.
Hace 5 años... empecé a estudiar Periodismo. En ese momento lo tenía muy claro; el periodista tenía el cuarto poder y yo estaba dispuesta a cambiar el mundo con mis noticias. Y no contenta con eso, iba a ganar un Pulitzer, ahí es nada... Mis años de universidad han sido los mejores y no los cambiaría por nada del mundo. En cinco años he llorado, reído, compartido, sufrido, viajado, aprendido, he tenido éxitos, fracasos, me he enamorado, he vuelto a llorar y me he dado cuenta de que el periodismo es un negocio como otro cualquiera en el que lo más importante es ganar dinero, no cambiar el mundo.
Hace 1 año... me licencié y empecé "la dura vida del trabajador". Echaba de menos estudiar y las pocas responsabilidades que tenía antes. Desde que acabas de estudiar ya todo depende de ti; se acabó seguir el camino de baldosas amarillas. Ahora toca elegir, tomar decisiones que cambiarán totalmente tu destino. Comienzan las equivocaciones, las dudas, los arrepentimientos... Pero lo más importante es hacer lo que te gusta, eres joven y hay tiempo para abarcar todo lo que te propones.
Hace 6 meses... trabajaba en un programa cultural sobre Madrid que me encantaba. Más tarde salté a otro que también me gustaba sólo por el hecho de que se emitía en una cadena medianamente importante. Pensaba que la tele era mi sitio. A la mierda cambiar el mundo, el Pulitzer y todo. Yo quería trabajar en televisión porque me gustaba "crear entretenimiento". Era feliz saliendo a grabar y montando videos. Me encantaba el ambiente desenfadado y descuidado que rodeaba a mis compañeros de trabajo. No me daba tiempo a aburrirme porque cada vez hacía una cosa diferente, y cada tres meses podía cambiar a otro proyecto más interesante aún. Eso era lo que yo quería, y no estar encerrada día sí y día también en una oficina.
Ayer... estuve paseando por la Gran Vía. Me gusta observar a la gente e imaginarme sus vidas. Y entonces me dio por pensar en la mía propia y me di cuenta de que no sé lo que quiero hacer con ella. Es como si alguien me hubiera impuesto la dura tarea de vivir y no sé muy bien por dónde empezar a escribir mi propia historia. No sé dónde voy y mucho menos de dónde vengo. Preguntas como qué quiero, qué me gusta... me bombardean cada día la cabeza. Me angustio porque a mi edad se supone que debería ser lo suficientemente madura como para saber "qué quiero ser de mayor". Ojalá me despertara mañana, saltara de la cama y encontrara esas baldosas amarillas para poder seguirlas. Y para rematar, llega mi eterna pregunta... ¿Quién soy?
Mañana... ¿?
...La mAnCha dE moRa...
Quiero saber si si yo te dejara lucharías por mí
Si inventarías algo que me hiciese reír
¿Hasta dónde tú crees que podrías esperar?
Dímelo ya
Si esto hiciera aguas ¿me querrías rescatar?
¿Qué serías tú capaz de llegar a hacer?
¿Te podrías esforzar por volverme a conquistar?
Dime si puedo seguir presumiendo de leitmotiv
Dime dime que sí
Quitas la mancha de mora con otra verde
o haces guardia en mi casa sólo para verme
Dices hay más tías que botellines
o llenas de lágrimas klinex y klinex
Gritas un clavo saca a otro clavo
o juras que tu sitio está a mi lado
Cuando se va un autobús pasan tres
o no sabes quién eres si no me ves
Quiero saber si llamarías a alguien que pudiera influir
Si pedirías por favor que entrara en razón
¿Cuánto podrías estar esperando a llamar?
Dímelo ya
Se haría grande el salón
No podrías pensar en volver a pasar por nuestra habitación
Me harías el favor de no redecorar...
...tRistEza...
Siempre me he considerado una niña triste.
Me gustaba regodearme en este sentimiento trágico de la vida que nos envuelve a determinada edad. Pero ya no siento la tristeza tal y como la concebí hace algún tiempo...
Tristeza es no poder verme reflejada en tu mirada...
Tristeza es descubrir que tu corazón ya no late si me tienes cerca...
Tristeza es quedarme sorda por el tic-tac del mío cuando pienso en ti...
Tristeza es perderte en un callejón sin saber qué camino has tomado...
Tristeza es tenerte aún entre mis sábanas y sentirte a kilómetros de distancia...
Tristeza es que te olvides de darme la mano...
Tristeza es que no te importe dejarme llorando...
Tristeza es que me veas y no me mires; me oigas y no me escuches...
Tristeza es apagar sola las velas de mi pastel...
Tristeza es recorrer Madrid con las manos frías...
Tristeza es amarte y por ello odiarme...
...Hace tiempo que ya no me dices "Buenos días tristeza"...
...la niña de la magia azul...

El momento más bonito que existe es el que precede al primer beso con un chico. Adoro esas miradas, la sonrisa nerviosa, el temblor en las manos, como se te eriza el vello de la nuca... Recuerdo perfectamente "el momento previo a" de todos mis primeros besos...
Descubrí que sería mi momento favorito a los 14 años, cuando me besaron por primera vez. Me apartó el pelo de la cara y rozó su nariz con la mía. Ahí supe que esos segundos coronarían mi lista de obsesiones. Mi segundo momento fue muy diferente. Tenía 15 años y le dije al chico que si me iba a besar ya o esperábamos al siguiente metro. Reconozco que fui un poco brusca e impaciente, pero... ¡así soy yo! Se puso muy nervioso y fue excesivamente torpe, pero para mí fue tan perfecto que acabé enamorándome de él. El rubor adolescente: los balanceos hacia delante y hacia atrás mientras te mirabas los zapatos... Se llama inocencia y fue la responsable de la magia azul de todos mis primeros besos.
A medida que vas creciendo afrontas la timidez de una forma diferente. En mi tercer beso me decidí a subir la mirada desde la punta de mis zapatos hasta sus ojos para decirle que ya estaba preparada. Estos momentos hacían que mi escepticismo fuera todo fachada.
Al pensar en mi cuarto momento no puedo evitar sonreír y menear la cabeza de lado a lado al recordarlo. Aunque no fue una persona demasiado importante en mi vida, lo recuerdo como uno de los más bonitos. Era una madrugada de julio en un pueblecito al sur de Inglaterra. Se me antojó salir a pasear en pijama y con una manta, pero de repente comenzó a llover. Corrimos muchísimo cubiertos con la manta hasta que tropezamos y nos caímos. Empezamos a reír, me secó un poco la cara, y me sonrió mientras susurraba algo que apenas pude oír. Y entonces me besó. Hubiera sido de película sino fuera porque estábamos llenos de barro y muertos de frío.
Después hubo otro par de momentos nublados por el sopor del alcohol. Pero el siguiente también fue especial. Estábamos sentados en un banco viendo las estrellas, y entonces yo comencé a cantar una canción que se adecuaba perfectamente a la situación que estábamos viviendo. Cuando terminé, él me cogió las manos y me preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer. Le miré, y muy seria asentí con la cabeza. Me besó. Lo que no sabía es que ese sería el principio del fin de mi viaje a ninguna parte.
Y aquí cierro una etapa en mi vida.
Un año y medio más tarde me doy cuenta de que la Marta de entonces no tiene nada que ver con la de ahora. Creo que la abandoné en el andén de alguna asquerosa estación. Es más, me atrevería a afirmar que le di una patada y eché a correr sin mirar hacia atrás. Ahora me pregunto dónde estará esa niña que tanta importancia le daba al cómo, al dónde, al con quién... Con ella se quedó mi inocencia y la magia azul de mi momento favorito. Ya nunca volvió a ser igual. Y lo que más miedo me da es haberme creído ese falso escepticismo sobre el amor del que tanto presumía y en el que me refugié durante tantos años.
...tierNa infaNcia...
Hoy he retrocedido 7 años en el tiempo. Revolviendo entre mis cuadernos he vuelto a mi inocente adolescencia. Y qué sorpresa al encontrar un textito que me ha ruborizado y a la vez recordado que alguna vez creí en las noches de amor...
Como testigos de noches eternas hemos tenido a las estrellas.
Nos acompañaron en aquellas frías madrugadas,
en esos largos paseos por nuestros cuerpos,
en el estallido de placer que recorrió nuestro cielo.
Iluminaron el camino hacia la fantasía de los sueños,
hacia la cuna de los deseos…
La noche busca desesperada un cómplice en el silencio,
y mientras un reloj sin agujas va marcando las horas,
le anima a serle infiel a la luna en un tablero donde sólo hay lugar para dos…
